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Leyendas de America

 

 La  Llorona

Consumada la conquista y poco más o menos pasada la media noche, principalmente cuando había luna, lo habitantes de la gran ciudad de Mexico, despertaban espantados al oír en la calle, tristes gemidos lanzados por una mujer a quien afligía, sin duda, honda pena moral o tremendo dolor físico. Las primeras noches, los vecinos contentábanse con persignarse o santiguarse, al oir aquellos lúgubres gemidos que  eran, según ellos, de ánima del otro mundo; pero fueron tantos y repetidos y se prolongaron por tanto tiempo, que algunos osados y despreocupados, quisieron cerciorarse con sus propios ojos qué era aquello; y primero desde las puertas entornadas, de las ventanas o balcones, y enseguida atreviéndose a salir por las calles, lograron ver a la que, en el silencio de las obscuras noches o en aquellas en que la luz pálida y transparente de la luna caía como un manto vaporoso sobre las altas torres, los techos y tejados y las calles, lanzaba agudos y tristísimos gemidos.  (leer continuacion )

     
 
 El callejon del muerto  

Corría el año de 1600 y a la capital de la Nueva España continuaban llegando mercaderes, aventureros y no pocos felones, gentes de rompe y razga que venían al Nuevo Mundo con el fin de enriquecerse como lo habían hecho los conquistadores. Uno de esos hombres que llegaba a la capital de la Nueva España con el fin de dedicarse al comercio, fue don Tristán de Alzúcer que tenía un negocio de víveres y géneros en las Islas Filipinas, pero ya por falta de buen negocio o por querer abrirle buen camino en la capital a su hijo del mismo nombre, arribó cierto día de aquél año a la ciudad. (leer continuacion)

 
 
La mulata de Cordoba

Cuentan que allá por el siglo XVII, vivía en la villa de Córdoba, Estado de Veracruz, México, una hermosa mujer de origen mulato cuyos padres fueron una negra de quién heredó su porte gallardo y un caballero español. Y dicen que esta mujer hermosa se dedicaba a curar a los esclavos negros y a todos los pobres que se enfermaban. Su vida transcurría también entre la bondad de brindar limosna y ayuda a los más necesitados de la villa de Córdoba. La Mulata - como todos le llamaban - no vivía con nadie, y sólo a veces le acompañaba un indio viejo.

 

(leer continuacion)

 

 

 

 

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